Aquel día, despertar le resultó una tarea más difícil de lo habitual. No disponía de la fuerza suficiente como para levantar los párpados, ya ni hablar de voluntad.
Tirado en el piso, yace a un costado de la cama. Casi automáticamente, dirige la vista en dirección al reloj que cuelga en la pared de su dormitorio, anunciando las 7.
No recuerda, ni puede precisar desde cuándo está dormido. Y para qué preocuparse por el asunto. Hace ya varios días que permanece recluido en su casa, viendo pasar la vida por la ventana.
Tampoco tiene presentes el día y la fecha exactos en el que se hallaba desconcertado sin saber cómo ni quién había colocado los grilletes que llevaba puestos en ambos pies, los que, a esta altura habían dañado la piel en la zona de los tobillos. Las tareas cotidianas y el aseo personal se habían tornado todo un fastidio. Por lo tanto, se mantenía sentado o acostado la mayor parte del día.
Pensaba en ir a trabajar, pero era una absurda ilusión ya que en estos tiempos no era necesario ir a trabajar, a lo sumo lo haría desde su casa.
Su razón lentamente comenzaba a ofuscarse. Muchas horas habían sido dedicadas, meditando sobre las causas de su desdichada situación. Tan solo una pérdida de tiempo.
Los días pesaban tal vez más que los grilletes, las horas vueltas un tedio. Movilizarse de una habitación hacia otra era extenuante y sacrificado. Todas sus acciones se multiplicaban en rigor y esfuerzo.
Pero la parte del día en que más atormentado se sentía era durante la madrugada. Le parecía que la casa magnificaba los sonidos: el incesante ruido de las gotas que caen de la canilla, la madera crujiente de algún mueble, el estampido de la ventana azotada por el viento, los ladridos lejanos de la noche.
El hastío fue ganando terreno y por ello ya ni siquiera se cuestionaba acerca de lo acontecido.
Ya nadie golpea a su puerta, excepto cuando llamaron para avisar que un familiar muy próximo estaba enfermo. Se levanta de la cama y después de bañarse sale corriendo de la casa como si nada hubiese ocurrido.
Durante varios días permanece alejado de la casa, casi dejando atrás aquellos días de encierro. Sin embargo, bien sabe que debe regresar, retomar la rutina, el trabajo, los quehaceres…
Un viaje largo y agotador le reclama un baño y un merecido descanso. Al ingresar a su casa, una abrumadora oscuridad lo envuelve, camina a tientas, en tinieblas. Da pequeños pasos dubitativos y cuando logra afianzarse se tropieza con una silla que lastima su pierna, entre saltos y quejas se dirige hacia la perilla para encender la luz y al hacerlo recibe una terrible descarga eléctrica que lo obliga a maldecir. Aturdido por los golpes recibidos, toma asiento por unos segundos y respira profundamente.
Ahora se decide a tomar un baño caliente, pero al encender el calefón un escape de gas provoca una pequeña explosión que le quema los dedos de la mano derecha.
La casa deshabitada ahora lo recibía con toda su furia. El sabía que ya no podría escapar… la casa no se lo permitiría.
